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Eira llevaba dieciocho meses sobreviviendo en piloto automático. Dieciocho meses de esa voz de fondo que revisa cada conversación en bucle, buscando el momento exacto en que dijo algo malo o algo estúpido aunque ya no importe para nada; dieciocho meses de la ansiedad que catalogaba desastres antes de que ocurrieran; de la disociación que la mantenía observando su propia vida desde un centímetro detrás de sus propios ojos, presente pero nunca del todo ahí. Durante años aprendió a esconder todo eso detrás de una fachada de "estoy bien", porque mostrarlo significaba ser la rara, la difícil de querer, la débil. Nunca imaginó que esa misma mente que llevaba toda la vida tratando de disimular fuera precisamente lo que un dios necesitaba con urgencia.
Cuando fuerzas que no deberían existir en este mundo amenazan con devorarla, llega un misterioso hombre de ojos verdes a salvarla pidiendo solo una cosa a cambio: su humanidad. Un enorme lobo que aparece en su apartamento para hacer de escolta se convierte en su único aliado, la defiende con ferocidad en las batallas que ella no puede librar sola, y se sienta a su lado en silencio cuando los nuevos retos amenazan con volverla loca. Poco a poco, Eira va conociendo a más dioses con sus propios objetivos, algunos demasiado interesados en ella como para que aflore la cara más posesiva del dios del caos.
Con Loki, nada es tan simple. Sus celos son posesivos y no reconocen límites; basta con que otro hombre la mire para que algo en él se encienda de una forma que debería asustarla y que, para su propia desesperación, no siempre lo hace. Su devoción es asfixiante, calculada, y al mismo tiempo dolorosamente real. Y aun así, Eira no logra odiarlo del todo, no cuando cada roce suyo enciende un deseo que ella no sabe cómo nombrar ni cómo detener, no cuando el rencor y la necesidad terminan viviendo en el mismo lugar de su cuerpo.
El Ragnarök se acerca, y Eira está atrapada exactamente en el medio de todo el caos.