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El aire de Houston se había vuelto denso, cargado de una humedad pegajosa y un silencio antinatural. Las sirenas, antes un lamento familiar en el tejido sonoro de la ciudad, habían enmudecido. El tráfico, usualmente un río rugiente de metal y frustración, se había detenido en seco, dejando tras de sí una colección de vehículos abandonados, fantasmas de un mundo que se desvanecía.
Al principio, lo llamaron el "Letargo". Una extraña somnolencia que se apoderaba de la gente, una fatiga implacable que los postraba en sus camas, sumiéndolos en un sueño profundo del que pocos despertaban. Luego vino el hambre, una necesidad voraz que distorsionaba sus rostros dormidos en muecas de anhelo. Y finalmente, el despertar.
Pero no era el despertar a un nuevo día. Era un retorno a una forma retorcida de vida, impulsada por un instinto primario y una sed insaciable. Sus ojos se abrían, inyectados en sangre, carentes de la chispa de la conciencia. Sus movimientos eran torpes al principio, arrastrados, pero pronto adquirían una velocidad antinatural, una urgencia escalofriante.
Roy era uno de los pocos que permanecía consciente, aferrándose a la cordura como a un salvavidas en un mar de locura creciente. Había visto a su vecino, el amable anciano de al lado, desplomarse en su jardín mientras regaba las rosas. Horas después, lo había visto levantarse, sus ojos nublados, su andar vacilante transformándose en una marcha decidida hacia el sonido distante de un grito.
El silencio inicial había sido reemplazado por un nuevo coro de la ciudad: gemidos guturales, el arrastrar de pies y el sonido húmedo de la carne desgarrándose. Houston se estaba convirtiendo en un festín para los despiertos, y los pocos que quedaban cuerdos eran la presa.
En su apartamento en el centro, Roy tapió las ventanas con tablones rotos y acumuló las escasas provisiones que pudo encontrar. Escuchaba el mundo exterior desmoronarse, la civilización cediendo ante una nueva forma de existencia, silenciosa al principio, pero ahora un grito hambriento en la noche.
No entendía lo que estaba sucediendo. Los noticieros habían enmudecido, internet era un recuerdo fugaz. Solo quedaba el eco de la normalidad, un fantasma en el silencio ominoso.
Pero Roy sabía una cosa: si quería sobrevivir, tenía que entender este nuevo mundo, este despertar silencioso que había traído consigo el rugido de los hambrientos. Tenía que encontrar a otros, si es que quedaban. Y tenía que luchar. Porque el silencio de la muerte había sido reemplazado por el sonido voraz de una nueva y terrible vida.